Cuando la luz natural empieza a escasear, pedalear sin ninguna luz encendida hace que resulte mucho más difícil que otros usuarios de la vía adviertan tu presencia a tiempo. Una luz delantera ayuda a ver bien el camino, pero es la trasera la que realmente permite que te vean desde atrás.
Colocar ambas luces antes de salir, y no solo cuando la oscuridad ya es evidente, evita quedarse sin visibilidad justo en el peor momento del trayecto. Muchos tramos cambian de luminosidad de forma gradual, sin que se note del todo hasta que ya es tarde para reaccionar.
Revisa que ambas luces funcionen bien
Comprueba periódicamente que ninguna de las dos luces esté más débil de lo habitual, ya que una batería baja puede pasar desapercibida hasta el momento en que más se necesita. Una revisión rápida antes de salir de casa evita sorpresas desagradables en mitad del trayecto.
Ajusta el ángulo de ambas luces de vez en cuando, asegurándote de que apunten realmente hacia donde deben, y no hacia el suelo o hacia arriba. Una luz mal orientada resulta mucho menos útil, aunque esté encendida y en perfecto estado.
Con luces delantera y trasera siempre listas, pedalear en los tramos con poca luz se vuelve considerablemente más seguro. Esta sencilla costumbre marca una diferencia real tanto para quien pedalea como para el resto de personas que comparten la vía.
Lleva siempre una batería o pila de repuesto en la mochila durante las semanas en que anochece antes, para no depender únicamente de la carga que quede en ese momento. Limpia también las lentes de ambas luces de vez en cuando, ya que el polvo y la suciedad acumulada reducen su brillo sin que resulte evidente a simple vista. Con estos pequeños hábitos, la visibilidad se mantiene constante durante toda la temporada de días más cortos.